Lo que separa a los países ricos de los pobres no es lo que creés.

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La respuesta es más simple de lo que parece. Y más incómoda también.

Carta # 10
Por Fede Tessore

En unas horas me subo a un avión rumbo a Nicaragua. No es la primera vez que voy, de hecho, ya perdí la cuenta de cuántas visitas llevo entre trabajo y familia.

Conocí este destino hace unos diez años y, desde entonces, volví varias veces, siempre con la misma sensación: es un lugar al que uno quiere regresar, por su gente y por lo que se vive ahí.

Esta vez viajo a la convención anual de The Agora Companies, mis socios en Estados Unidos. Cada año nos reunimos inversores, emprendedores y analistas de distintas partes del mundo. El objetivo es simple, pero muy valioso: compartir lo que cada uno está viendo, comparar perspectivas y debatir hacia dónde pueden estar las próximas oportunidades.

La semana que viene te voy a contar qué salió de esas conversaciones. Pero antes de subirme al avión, hay algo que quería compartirte.

Cada vez que viajo y comparo países aparece la misma pregunta. Una que me persigue desde hace años y que, curiosamente, tiene una respuesta bastante clara, aunque muy poca gente la conoce y menos todavía la aplica.

¿Por qué algunos países prosperan y otros no?

¿Por qué el mismo esfuerzo, en un país distinto, produce resultados tan diferentes?

¿Hay una lógica detrás, o todo es cuestión de suerte, recursos naturales o geografía?

Hace unos años me metí tan de lleno en esa pregunta que terminé escribiendo un libro. Se llama Argentina Potencia: Cómo volver a ser el país más rico del mundo y, aunque el título suena local, las conclusiones son universales.

Lo que encontré no me sorprendió, pero sí me dio algo más valioso que la sorpresa: datos concretos y casos reales que confirmaron con evidencia lo que muchos intuimos pero pocos podemos explicar con claridad.

Hay una receta. Funciona. Y lo más llamativo es que los países que la aplicaron y se desarrollaron no tenían nada en común, ni idioma, ni cultura, ni recursos naturales, ni historia. Lo que tenían en común era otra cosa.

Hoy quiero contarte qué es esa cosa.

I — El dato que casi nadie conoce

En el año 1895, Argentina tuvo el PBI per cápita más alto del mundo. Éramos más ricos que Estados Unidos, que Suiza, que cualquier país europeo.

Y no fue un momento puntual: entre 1880 y 1950, Argentina estuvo setenta años seguidos entre los diez países con mayor ingreso por habitante del planeta. Millones de personas emigraban hacia acá desde Europa buscando una vida mejor.

La Argentina era, en ese momento, lo que hoy es Estados Unidos para el mundo.

El punto de inflexión fue 1950. Ese año salimos del top 10 y nunca más volvimos. En 2019 ocupábamos el puesto 77 del ranking mundial de PBI per cápita.

Setenta años de caída sostenida, atravesando gobiernos de todo signo político, sin que ninguno pudiera revertir la tendencia.

Cuando uno mira ese arco histórico, la reacción más común es buscar culpables. Los políticos, el peronismo, el FMI, la oligarquía, los sindicatos. Cada sector de la sociedad argentina tiene su versión favorita. Pero ninguna de esas explicaciones responde la pregunta de fondo.

Porque la pregunta de fondo no es quién tiene la culpa. La pregunta de fondo es por qué otros pudieron y nosotros no.

En 1950, había seis países que eran más pobres que Argentina. Algunos, mucho más pobres.

Corea del Sur tenía un PBI per cápita diez veces menor al nuestro. Alemania estaba destruida por la guerra y valía la mitad. Irlanda era el “vecino pobre” de Inglaterra, con hambrunas y emigración masiva. China era uno de los países más miserables del mundo, saliendo de una guerra civil devastadora.

Setenta años después, los seis nos superan ampliamente. Algunos, de manera escandalosa.

Los siete países: punto de partida y punto de llegada

¿Qué hicieron ellos que Argentina no hizo? ¿Qué decisiones tomaron? ¿Qué tienen en común países tan distintos entre sí, con culturas, geografías e historias completamente diferentes?

Eso es exactamente lo que investigué en el libro. Y las respuestas, como vas a ver, son tan claras que incomodan.

II — Seis países, seis historias, una lección

En 1950, Corea del Sur era uno de los países más pobres del mundo. Acababa de salir de una ocupación japonesa brutal y estaba a punto de entrar en una guerra civil devastadora. Su PBI per cápita era de apenas 476 dólares, diez veces menos que el argentino.

No tenía petróleo, no tenía minerales, no tenía tierras fértiles. No tenía prácticamente nada. Setenta años después, su PBI per cápita es de 32.046 dólares, casi cuatro veces el nuestro, y creció un 3.793 por ciento, el mayor crecimiento de todos los países que analicé.

¿Cómo lo hizo?

Apostando a la innovación y a la educación como motores principales, construyendo grandes empresas exportadoras como Samsung, LG e Hyundai, y manteniendo una disciplina fiscal que permitió crecer sin descontrolarse. Corea del Sur no tenía recursos naturales, así que decidió invertir en el único recurso que nadie le podía quitar: el talento de su gente.

Noruega es una historia completamente diferente, pero igual de instructiva. En 1969 descubrió enormes reservas de petróleo en su territorio marítimo. Un “golpe de suerte” que, en manos equivocadas, podría haber terminado en corrupción, derroche y dependencia, como le pasó a tantos otros países con recursos naturales.

Pero los noruegos hicieron algo extraordinario: crearon un fondo soberano para administrar esa riqueza con disciplina y visión de largo plazo, y se prometieron a sí mismos que no iban a dilapidarla. Hoy ese fondo vale más de un billón de dólares y el PBI per cápita noruego es de 91.218 dólares. La diferencia no estuvo en el petróleo. Estuvo en qué decidieron hacer con él.

Chile es el ejemplo que más debería incomodarnos, porque es el más cercano. En 1950 su PBI per cápita era apenas un tercio del nuestro. Pasó por una dictadura, por crisis, por gobiernos de distintos signos políticos.

Y sin embargo, algo que los argentinos nunca pudimos sostener, Chile sí lo logró: coherencia económica en el tiempo. Más allá de quién gobernara, las reglas del juego se mantuvieron estables.

Los inversores sabían a qué atenerse. Las empresas podían planificar. Y esa continuidad, que parece un detalle menor, resultó ser la diferencia entre crecer y estancarse. Hoy el PBI per cápita chileno casi duplica al argentino.

China es el caso que más desafía los prejuicios. En 1950 era uno de los países más miserables del planeta, con un PBI per cápita de 448 dólares y una hambruna bajo el régimen comunista que mató a decenas de millones de personas. No era democrático, no era occidental, no seguía ninguno de los manuales del desarrollo económico tradicional.

Y sin embargo, cuando Deng Xiaoping decidió a fines de los años 70 abrir la economía al mundo y convertir las exportaciones en el motor del crecimiento, el resultado fue el mayor proceso de reducción de la pobreza de la historia de la humanidad.

Hoy China es la segunda economía del mundo. Lo que aprendimos de China es que el pragmatismo puede más que la ideología, y que abrirse al comercio internacional tiene un poder transformador que pocas políticas pueden igualar.

Irlanda era en 1950 el “vecino pobre” de Inglaterra, con siglos de dominación, hambrunas y emigración masiva. Nadie apostaba por ella.

Lo que hizo fue elegir un camino que muchos consideraban un suicidio económico: bajar los impuestos a las empresas de manera radical y convertirse en la puerta de entrada de las multinacionales al mercado europeo. Apple, Google, Facebook, todas tienen su sede europea en Dublín.

¿El resultado?

Un crecimiento del 2.500 por ciento en setenta años y un PBI per cápita hoy un 75 por ciento superior al del Reino Unido, el país que los dominó durante siglos. La moraleja de Irlanda es clara: a veces el camino que parece una locura es exactamente el correcto.

Alemania, finalmente, es la historia de un país que en 1945 estaba literalmente destruido. Las bombas habían arrasado sus ciudades, su industria, su infraestructura.

Su PBI per cápita era la mitad del argentino.

Lo que hizo Alemania en las décadas siguientes no fue magia: fue trabajo, productividad y una cultura que puso el esfuerzo colectivo por encima de la comodidad individual. Los trabajadores alemanes son hoy los más productivos del G20, generando 72 dólares de PBI por cada hora trabajada, contra 13 dólares del trabajador argentino.

Alemania nos enseña que no hay atajos, que la riqueza sostenida se construye con productividad real, y que una cultura que valora el trabajo duro es, en sí misma, un activo económico extraordinario.

Seis países distintos. Seis culturas, seis geografías, seis historias completamente diferentes. Y sin embargo, cuando uno los mira en conjunto, aparece algo que no puede ignorarse.

Todos hicieron algunas cosas de la misma manera.

III — La receta: lo que todos tenían en común

Cuando uno estudia estos seis casos en profundidad, lo primero que llama la atención es lo diferentes que son entre sí. Distintas culturas, distintas geografías, distintos puntos de partida, distintos caminos.

Pero cuando uno busca lo que tienen en común, aparecen cuatro factores que se repiten en todos ellos sin excepción. Y lo más llamativo es que ninguno de los cuatro es un secreto.

No requieren tecnología de punta ni recursos naturales ni una cultura específica. Lo que requieren es algo mucho más escaso: voluntad política y consistencia en el tiempo.

El primero es la libertad para hacer negocios. Todos estos países crearon un entorno donde los emprendedores e inversores podían arriesgarse con cierta certeza de que las reglas del juego no iban a cambiar de un día para el otro. Que si construían algo, ese algo era suyo. Que los contratos se respetaban, que la justicia funcionaba, que el Estado no iba a aparecer de repente a cambiar las condiciones a mitad de camino.

La Fundación Heritage elabora cada año un Índice de Libertad Económica que mide exactamente esto. En ese ranking, Corea del Sur ocupa el puesto 5, Noruega el 10, Alemania el 18, Irlanda el 19. Chile, que es el caso de crecimiento más modesto de los seis, ocupa el puesto 44. Argentina ocupaba el puesto 111, por detrás de Paraguay, Brasil y Ruanda.

Y China, que mucha gente imagina como un país cerrado y controlado, ocupa el puesto 35. Porque aunque el Estado chino tiene un rol muy activo en la economía, hace décadas que tomó una decisión clara: abrir el país al comercio y a la inversión extranjera.

China pasó de exportar mercancías por 12.500 millones de dólares mensuales en 1981 a 2,3 billones de dólares en 2018, multiplicando sus exportaciones por 184 en menos de cuarenta años. Algo nunca antes visto en la historia económica mundial. La percepción de China como una economía cerrada es uno de los grandes malentendidos de nuestro tiempo.

El segundo factor es la calidad institucional. No alcanza con tener buenas leyes si las instituciones que las aplican son débiles, corruptas o capturadas por intereses particulares.

Pero ¿cómo se mide algo tan difícil de cuantificar?

El Banco Mundial elabora un indicador específico llamado “efectividad del gobierno”, que mide la percepción ciudadana sobre la calidad de los servicios públicos, la independencia del servicio civil de las presiones políticas y la credibilidad del gobierno en el cumplimiento de sus políticas. En ese ranking, Noruega ocupa el puesto 6, Alemania el 15, Irlanda el 22, Corea del Sur el 33, Chile el 37 y China el 57. Argentina ocupa el puesto 95.

Lo más interesante del caso chino y coreano en este índice es la trayectoria. China pasó del puesto 108 en 1996 al puesto 57 en 2018, y Corea del Sur del puesto 61 al 33 en el mismo período.

Mejoraron sostenidamente su calidad institucional mientras crecían. No esperaron tener instituciones perfectas para crecer, pero tampoco ignoraron su importancia.

La calidad institucional no es un tema filosófico: cuando la gente confía en las reglas, invierte más, planifica más lejos y hace más transacciones. Cuando desconfía, acorta horizontes y saca el dinero del país.

El tercero es la disciplina fiscal. Ninguno de estos seis países financió su crecimiento emitiendo dinero o acumulando deuda de manera irresponsable. Mantuvieron déficits bajo control, en general por debajo del tres por ciento del PBI, y en muchos casos llegaron al superávit.

En 2019, Noruega tuvo un superávit del 6,4 por ciento, Alemania del 1,4 por ciento y Corea del Sur del 1,6 por ciento. Incluso Chile y China, que ese año tuvieron déficit, lo mantuvieron en niveles razonables: 1,47 y 2,8 por ciento respectivamente. Argentina, ese mismo año, registraba un déficit del 5,5 por ciento y una deuda pública del 86 por ciento del PBI, habiendo acumulado seis defaults soberanos desde 1950.

El cuarto factor es la apertura al comercio internacional. Todos estos países entendieron que el mercado interno solo no alcanza y que la verdadera fuente de riqueza está en producir bien y venderlo al mundo.

Irlanda exporta el equivalente al 120 por ciento de su PBI. Alemania el 47 por ciento. Corea del Sur el 37 por ciento. Y China, el país que supuestamente “le roba el trabajo al mundo”, exporta el 19,8 por ciento de su PBI y construyó sobre esa base una de las economías más grandes de la historia.

Argentina, con toda la riqueza natural que tiene, exporta apenas el 11,8 por ciento de su PBI. No porque no tengamos qué ofrecer, sino porque durante décadas pusimos trabas, retenciones y restricciones que nos dejaron afuera del proceso de enriquecimiento global que transformó al mundo en los últimos setenta años.

Estos cuatro factores no son una ideología. No son de derecha ni de izquierda. Son simplemente lo que los datos muestran cuando uno estudia con honestidad qué hicieron los países que prosperaron.

Y lo más importante: funcionaron en contextos completamente distintos. En una democracia escandinava, en una dictadura asiática, en una isla atlántica, en el gigante comunista más grande del mundo.

La cultura, la geografía y la historia importan, pero no determinan el destino. Lo que determina el destino son las decisiones.

IV — Lo que esto significa para vos

Todo lo que describí hasta acá podría parecer un análisis académico sobre economía. Interesante, quizás, pero lejano. Algo que le pasa a los países, no a las personas. Pero hay una conexión directa entre todo esto y tu vida cotidiana, y vale la pena hacerla explícita.

El entorno donde vivís no es un detalle menor. Es el tablero sobre el que jugás. Dos personas con el mismo talento, el mismo esfuerzo y la misma ambición van a obtener resultados muy distintos dependiendo del país donde construyen su vida.

Un taxista en Buenos Aires gana en promedio quince mil dólares al año. Un taxista en Nueva York gana cuarenta y cinco mil. Mismo trabajo, mismas horas, misma dedicación. La diferencia no está en ellos. Está en el tablero.

Por eso entender cómo funcionan los países no es solo una curiosidad intelectual. Es una herramienta práctica para tomar mejores decisiones.

La primera es saber dónde estás parado. Cada uno de nosotros vive en un país con sus propias versiones de estos cuatro factores. Podés mirar tu país con esta lupa y hacerte preguntas concretas.

¿Hay libertad real para hacer negocios o el Estado cambia las reglas constantemente?

¿Las instituciones funcionan o están capturadas por intereses políticos?

¿El gobierno gasta dentro de sus posibilidades o acumula deuda e imprime dinero?

¿El país está abierto al mundo o se protege detrás de barreras que terminan empobreciendo a todos?

Las respuestas a esas preguntas te dicen mucho sobre el potencial de crecimiento del lugar donde vivís y trabajás.

La segunda tiene que ver con tus inversiones. Un país con instituciones sólidas, disciplina fiscal y apertura al mundo genera mejores condiciones para los negocios, atrae más capital y ofrece más oportunidades.

No es casualidad que los mercados financieros de Corea del Sur, Alemania o Chile hayan generado retornos muy superiores a los de países que ignoraron estos factores. Cuando analizás una inversión, el contexto institucional del país donde operan las empresas importa tanto como los balances de esas empresas.

La tercera tiene que ver con algo más amplio, que es la ciudadanía. Los países no cambian solos. Cambian cuando sus ciudadanos entienden qué funciona y qué no, y empiezan a exigirlo con claridad.

Los políticos, en el fondo, son máquinas de conseguir votos. Si la mayoría de los ciudadanos de un país tiene claro qué condiciones necesita para prosperar, los políticos van a tener que ofrecerlas si quieren ganar.

El cambio real siempre viene de abajo hacia arriba. Primero cambia la conversación, después cambia la política.

Esta es, en el fondo, la razón por la que escribí el libro y la razón por la que quise compartirlo en esta carta. No para bajar línea ideológica ni para hablar mal de nadie.

Sino porque estoy convencido de que cuando más personas entienden cómo funciona realmente el desarrollo económico, más difícil les resulta a los dirigentes seguir tomando las decisiones equivocadas.

V — La receta existe. El problema nunca fue no saber.

Hay una conclusión que me quedó muy grabada después de escribir el libro, y que con el tiempo se fue confirmando cada vez más.

El desarrollo económico no es un misterio. No requiere un genio en el gobierno ni un golpe de suerte ni recursos naturales extraordinarios.

Irlanda no tiene petróleo.

Corea del Sur no tiene tierras fértiles.

Alemania salió de la Segunda Guerra Mundial en ruinas.

Y los tres son hoy algunos de los países más prósperos del mundo.

La receta existe, es conocida y está probada. Lo que falta, casi siempre, no es información. Es voluntad de aplicarla y consistencia para sostenerla en el tiempo.

Eso me genera dos sentimientos al mismo tiempo. Uno es de frustración, porque significa que el sufrimiento económico de millones de personas no es inevitable. Es el resultado de decisiones equivocadas que se repiten, de cortoplacismo, de intereses que se anteponen al bien común. No es mala suerte. Es mala política.

Pero el otro sentimiento es de esperanza. Porque si el problema son las decisiones, las decisiones pueden cambiar. Y las decisiones cambian cuando cambia la conversación.

Cuando más personas entienden qué funciona y qué no, cuando más ciudadanos pueden identificar con claridad la diferencia entre un gobierno que construye condiciones para el crecimiento y uno que las destruye, se vuelve más difícil seguir tomando las decisiones equivocadas sin que nadie lo note.

Los países que más crecieron no lo hicieron porque tuvieron líderes extraordinarios. Lo hicieron porque tuvieron sociedades que entendieron lo que necesitaban y no se conformaron con menos.

Esa, creo, es la enseñanza más importante de todo esto.

Me gustaría saber cómo ves tu propio país a la luz de estos cuatro factores.

¿Está en el camino correcto?

¿Qué le falta?

¿Hay algo que te genere esperanza o algo que te preocupe?

Escribime a cartasfede@inversorglobal.com. Leo todos los mensajes y muchas veces son el punto de partida de una carta nueva.

¡Buenas inversiones!

Fede Tessore