Después de hablar del oro y del bitcoin, llegó la pregunta más importante: cómo construir una estrategia que ordene toda tu cartera.
Carta # 4
Fede Tessore
La mayoría de los inversores cree que pierde dinero por elegir mal un activo.
Por haber comprado bitcoin demasiado caro.
Por haber vendido acciones demasiado pronto.
Por no haber comprado oro a tiempo.
Pero en realidad ese no es el problema.
El problema es otro.
La mayoría de los inversores no tiene una estrategia de inversión clara.
Y cuando no hay estrategia, cada movimiento del mercado se convierte en una decisión emocional.
Según un estudio de la consultora Dalbar llamado Annual Quantitative Analysis of Investor Behavior (QAIB), durante los últimos 40 años el índice S&P 500 rindió un 10% anual promedio, mientras que el inversor en fondos de acciones logró rendir un 4% anual promedio. Es decir, hay una diferencia de 6 puntos porcentuales.
¿Por qué pasa esto?
Principalmente por un mal timming emocional, el inversor promedio compra después de subas fuertes y vende después de caídas fuertes.
El estudio muestra algo muy claro: El problema no es el activo, sino el comportamiento de los inversores.
La empresa de servicios financieros Fidelity llegó a resultados similares. Cuando se pusieron a estudiar cuales eran las cuentas de los clientes con mejores rendimientos encontraron que las cuentas de personas fallecidas o de personas que olvidaron que tenían la cuenta eran las que tenían mejores resultados.
¿Porqué?
Porque no podían tocar sus inversiones…
Un estudio clásico del JPMorgan muestra que si te perdes los 10 mejores días del mercado en 20 años, tu rendimiento cae drásticamente. Si estabas invertido todo el tiempo obtenías un 9% anual de rendimiento, mientras que si te perdías los 10 mejores días lograbas un 5% anual, y si te perdías los 20 mejores días lograbas un 2% anual.
Hay muchos ejemplos prácticos que demuestran los resultados de estos estudios. El que recuerdo muy de cerca, porque me tocó personalmente, es el ciclo del bitcoin entre los años 2020 y 2024. En noviembre de 2021 el precio del bitcoin llegó a un máximo de U$D 69.000. Un año después había bajado un 75% hasta los U$D 16.000. Muchos compraron en el pico a fines de 2021 y vendieron en el piso a fines de 2022. Y juraron nunca más volver a invertir en cripto después de haber perdido tanto dinero.
Pero lo que habría que haber hecho era justamente lo contrario. Había que haber vendido en noviembre de 2021 y haber comprado a fines de 2022. Por supuesto que esto es muy fácil decirlo, pero difícil hacerlo. Más adelante vamos a ver detalles de cómo uno se puede acercar a este comportamiento.
Pero te adelanto algo: la única forma de acercarse al ideal de “comprar barato y vender caro” es tener una estrategia clara.
Y como dijo el gran inversor Warren Buffett la paciencia es la clave a la hora de invertir:
“El mercado es un mecanismo que transfiere dinero de los impacientes a los pacientes.”
Entonces, el problema no es el precio del oro.
Ni el precio del bitcoin.
Ni los impulsos de Trump.
El problema es la ausencia de un marco que te diga qué hacer cuando el mercado se mueve en contra tuya. Eso es la estrategia.
En esta nota vamos a construir ese marco paso a paso.
Primero vamos a ver qué es realmente una estrategia de inversión, y por qué muchos inversores la confunden con elegir activos.
Después vamos a trabajar en algo más práctico: cómo diseñar tu propia estrategia, usando un método simple inspirado en cómo lo hacen los gestores profesionales.
Una vez que ese marco esté claro, vamos a analizar cuándo tiene sentido ajustar una estrategia y cuándo conviene mantenerla incluso cuando el mercado se vuelve incómodo.
Con ese contexto, volveremos a la pregunta que dio origen a esta trilogía: qué rol deberían cumplir hoy el oro y el bitcoin dentro de una cartera bien diseñada.
Y para cerrar, te voy a compartir cómo se ve hoy mi propio marco de inversión.
Empecemos.
I – Estrategia no es elegir oro o bitcoin
Si hay algo que aprendí después de muchos años invirtiendo, y viendo invertir a otros, es que la mayoría de los inversores tiende a confundir estrategia con activos.
Creen que tener una estrategia es decir las siguientes afirmaciones:
“Estoy en acciones.”
“Estoy en oro.”
“O ahora me pasé a bitcoin.”
Pero eso no es una estrategia.
Eso es una posición.
Una estrategia es otra cosa. Es el marco que define por qué estás en algo, cuánto estás dispuesto a soportar, qué esperas que ocurra en distintos escenarios y, sobre todo, qué vas a hacer cuando las cosas no salgan como pensabas.
Sin eso, lo que tenés no es una estrategia. Es una colección de decisiones aisladas.
En el mundo profesional esto se formaliza en algo que se llama “Investment Policy Statement”: un documento donde se establecen objetivos, límites, reglas y criterios de actuación. Escribir y tener claro este documento te puedo ayudar mucho en los momentos difíciles. Porque cuando el mercado sube somos todos unos genios. El problema es cuando el mercado cae un 30% o un activo determinado pierde la mitad de su valor.
Ahí es donde se ve si había estrategia o improvisación.
Me gusta pensar que una estrategia no está diseñada para ganar más.
Está diseñada para sobrevivir el tiempo suficiente como para ganar.
Esa diferencia es enorme.
Los estudios clásicos sobre asignación de activos, desde el famoso trabajo de Brinson, Hood y Beebower en 1986, hasta el análisis posterior de Ibbotson y Kaplan en 2000, llegaron a una conclusión que muchos inversores todavía subestiman:
La mayor parte del comportamiento de un portafolio está determinada por su asignación estratégica de activos.
No por elegir la acción perfecta.
Ni por acertar el timing del mercado.
Sino por algo mucho más simple, y mucho más difícil de sostener:la estructura base del portafolio.
Traducido al lenguaje cotidiano: importa más cómo diseñas el esqueleto de tu cartera que cuál fue tu última compra brillante.
Entonces, ¿qué debería contener una estrategia real?
Primero, un objetivo claro. ¿Buscas vivir de rentas o tu prioridad es multiplicar el capital? No es lo mismo proteger el patrimonio que asumir volatilidad buscando crecimiento exponencial. Si no definís esto en primer lugar, cualquier activo te va a parecer adecuado hasta que deje de serlo.
Segundo, un horizonte temporal honesto. Muchos dicen invertir a largo plazo, pero reaccionan a movimientos de tres meses. Si tu horizonte es de diez o quince años, la volatilidad anual debería ser ruido, hasta una oportunidad para invertir más, pero no una amenaza existencial.
Tercero, una definición explícita de riesgo. Es clave que analices el riesgo real que podés tolerar sin cambiar el plan. Siempre pero siempre las acciones van a bajar, para luego subir. Tenes que tener claro si vas a poder soportar esto. Porque la estrategia que se abandona en la primera crisis nunca fue estrategia.
Cuarto, fijar reglas. Por ejemplo, reglas de asignación. Reglas de rebalanceo. Reglas para modificar la cartera solo cuando cambian las condiciones estructurales, no cuando cambia el humor del mercado.
Y acá aparece algo clave: la diversificación no es una moda académica. Harry Markowitz, uno de los padres de la teoría moderna de portafolio, dijo que la diversificación es el único almuerzo gratis en finanzas. No porque elimine el riesgo, sino porque lo distribuye de manera más eficiente.
Una estrategia es eso: distribuir el riesgo de forma consciente.
Cuando lo miro en perspectiva, veo dos tipos de inversores.
El primero cambia de activo cada vez que cambia el titular. Compra lo que subió, vende lo que cayó, persigue narrativas. Cree que está tomando decisiones racionales, pero en realidad está reaccionando. La mayoría de los inversores aficionados siguen este estilo.
El segundo define primero su marco. Decide qué rol cumple cada activo en su cartera. Define cuánto representa crecimiento productivo, cuánto innovación, cuánto cobertura. Y cuando el mercado se mueve, no improvisa: ejecuta su plan.
Por supuesto que esto no implica rigidez absoluta. Las estrategias no son dogmas. Se ajustan cuando cambian los regímenes monetarios, las condiciones estructurales o el equilibrio global. Pero la diferencia es que esos cambios responden a análisis profundo, no a emociones.
En definitiva, una estrategia es un filtro.
Un filtro que evita que cada movimiento del mercado se transforme en una decisión.
Y dado que vivimos en un mundo cada vez más volátil e histérico, donde la ansiedad es contagiosa, tener un filtro claro nos puede ayudar mucho a controlar nuestros impulsos y a mantener el rumbo.
Y como vimos al principio de la nota, los que mantienen el rumbo, son los que terminan logrando los mejores resultados. Son los que logran perdurar.
Y en inversión, seguir en el juego suele ser la ventaja más grande de todas. Porque recordá que esto no se trata de una carrera de 100 metros sino de una maratón.
¿Te animas ahora a empezar a construir tu propia estrategia de inversión?
II – Cómo diseñar tu estrategia (paso a paso)
Ahora te propongo trabajar un poco. Sí, sé que estabas tranquilo en el rol pasivo de lector de la nota…, pero hoy te voy a sacar de la “zona de confort”. Vamos a trabajar juntos en un método paso a paso para que puedas empezar a armar un documento con tu estrategia de inversión personal.
No intenta ser el documento perfecto ni mucho menos. Pero como muchas cosas en la vida, la clave es empezar. Después lo podes ir mejorando en forma gradual. Pero no podes seguir invirtiendo sin este documento.
Lo que vas a leer a continuación no es un método improvisado. Es una versión simplificada de cómo trabajan los gestores profesionales cuando diseñan un Investment Policy Statement (IPS), el documento que usan los family offices y asesores institucionales para ordenar decisiones de inversión. La diferencia es que ellos no empiezan por el activo. Empiezan por el marco. Primero definen objetivos, restricciones y reglas. Después eligen qué comprar. Ese orden lo cambia todo.
Empecemos.
Paso 1: Definir el objetivo de la inversión
Antes de hablar de acciones, oro, bitcoin o cualquier otro activo, respondé esto en una frase:
“Yo invierto para…”
Primero definí tu objetivo principal. Ese es el que va a guiar la mayor parte de tu cartera.
Elegí cuál de estos describe mejor tu prioridad:
• Crecer el patrimonio (maximizar capital a largo plazo).
• Generar cash flow (renta o ingresos periódicos).
• Proteger capital (preservación y estabilidad).
• Capturar oportunidades exponenciales (pequeñas posiciones que pueden multiplicarse sin poner en riesgo el núcleo de la cartera).
Después podés agregar uno o dos objetivos secundarios, pero es importante que quede claro cuál es el principal.
Ahora escribí tu frase. Por ejemplo:
“Yo invierto principalmente para hacer crecer mi patrimonio a largo plazo, manteniendo una parte de la cartera destinada a generar cash flow y otra a oportunidades asimétricas.”
Esa frase funciona como un norte estratégico.
Muchos inversores cometen un error muy común: compran activos antes de definir su objetivo.
Es como salir de viaje sin decidir primero a qué ciudad querés ir.
Si no definís el destino, cualquier camino parece correcto… pero probablemente no te lleve a donde querías llegar.
Con las inversiones pasa exactamente lo mismo.
Si no definís tu objetivo, cada activo nuevo que aparezca te va a tentar.
Y cuando todo te tienta, terminás improvisando.
Paso 2: Aclarar el horizonte temporal
Acá no importa lo que te gustaría que sea. Importa lo que es.
Respondé:
- ¿Cuándo podrías necesitar usar una parte relevante de este dinero?
- menos de 3 años
- 3 a 7 años
- 7 a 15 años
- más de 15 años
- ¿Qué porcentaje de tu patrimonio total representa esta cartera?
- menos de 25%
- 25% a 50%
- más de 50%
- ¿Necesitás mantener liquidez para proyectos o seguridad?
- Sí, necesito una reserva clara.
- No, este capital es exclusivamente de largo plazo.
Muchos errores vienen de mezclar dinero de inversión con dinero que podría necesitarse en el corto plazo. Si existe esa posibilidad, esa porción no debería estar expuesta al mismo riesgo que el capital de largo plazo.
Paso 3: Definir el riesgo
Este paso es incómodo, por eso casi nadie lo hace. Pero es el que te salva de cometer errores caros.
Escribí esto:
“Mi plan debe poder sobrevivir a una caída de ___% sin que yo cambie de estrategia.”
No pongas el número que te gustaría tolerar. Poné el número que sabés que podrías soportar sin dormir peor y sin empezar a tomar decisiones impulsivas.
Si una caída del 20% te haría vender, no diseñes una estrategia que pueda caer 40%.
Pensá en crisis recientes. ¿Qué hubieras hecho realmente? Esa respuesta vale más que cualquier test de riesgo.
Paso 4: Elegí los roles, no los activos
En vez de empezar con los activos que vas a elegir, definís categorías o roles para cada parte de la cartera. Esto te va a permitir construir una estrategia más sólida y sustentable que no dependa tanto de los humores del mercado.
Te propongo tres roles básicos:
- Motor productivo (crecimiento + cash flow)
Activos que generan valor, flujo, rentabilidad empresarial.Ejemplos: acciones de calidad, dividendos, real estate, negocios. - Innovación / opcionalidad (asimetría)
Activos donde la pérdida potencial está acotada por tamaño de posición, pero el upside puede ser muy grande.
Ejemplos: tecnología disruptiva, bitcoin (para quien lo entienda y lo soporte). - Cobertura / estabilidad (protección del sistema)
Activos que no buscás “para ganar”, sino para estabilizar la cartera cuando el mundo se complica.
Ejemplos: oro, liquidez táctica, instrumentos defensivos.
Ahora no hace falta que definas números exactos. Ese no es el objetivo todavía.
Empezá por algo más simple y más poderoso: pensá en prioridades.
De estos tres roles, ¿cuál debería ser el núcleo de tu cartera?
¿Cuál sería complementario?
¿Y cuál ocuparía un lugar más pequeño y táctico?
Si mañana tuvieras que describir tu estrategia en una sola frase, ¿dirías que es principalmente productiva, principalmente innovadora o principalmente defensiva?
Décadas de investigación muestran que la estructura estratégica de una cartera explica mucho más de su comportamiento que la última acción comprada o vendida. No es el detalle lo que determina el resultado, sino la arquitectura. Por eso este ejercicio empieza por los roles y no por los nombres propios.
Paso 5: Creá algunas reglas simples
Las reglas existen para los momentos en que el mercado te empuja a actuar mal.
No cuando todo sube.
No cuando estás cómodo.
Sino cuando hay miedo, euforia o ruido constante.
Si no sabés qué regla elegir, empezá con estas tres básicas. Son simples, razonables y funcionan:
- Rebalanceo anual: una vez por año revisás tu cartera y la volvés a la estructura que definiste. No más. No menos.
- Límite por activo: ningún activo individual supera el 10% de la cartera total.
- Regla emocional: ninguna decisión importante se toma en menos de 72 horas.
Con el tiempo podrás sofisticarlo si querés. Pero no hace falta más para empezar.
Muchos gestores institucionales utilizan rebalanceos periódicos simples justamente porque obligan a hacer lo contrario a la emoción del momento: vender lo que más subió y reforzar lo que quedó rezagado. Esa disciplina, repetida durante años, pesa más que cualquier predicción puntual.
Y agregá una regla especialmente importante:
“Solo cambio mi estrategia si cambian mis objetivos personales o si ocurre un cambio estructural. No por precio.”
Ese es el verdadero antídoto contra el “me paso de oro a bitcoin” o “me paso de bitcoin a oro” según la última vela del gráfico.
Paso 6: Escribí tu estrategia en una página
Ahora juntalo todo. Una página. No diez.
Copiá y completá este template:
Mi Estrategia de Inversión (versión 1.0)
- Objetivo: ______
- Horizonte: ______
- Caída máxima que estoy dispuesto a soportar sin cambiar el plan: ______
- Estructura por roles:
- Motor productivo: ______
- Innovación / opcionalidad: ______
- Cobertura / estabilidad: ______
• El núcleo de mi cartera es: ______
(productiva / innovadora / defensiva)
• Reglas:
- ____________
- ____________
- ____________
• Cuándo sí la reviso: cada ____ meses, o si ocurre ______
• Cuándo no la cambio: por titulares, por miedo, por euforia, por “modas” Listo. Eso es una estrategia.
A lo largo de los años vi a muchos inversores inteligentes cometer errores evitables. Personas con buen criterio, buena información y capital suficiente. El problema casi nunca fue el activo elegido. Fue la falta de un marco claro cuando el mercado se movió en contra.
Yo mismo atravesé ciclos donde la volatilidad me hacía dudar. En esos momentos entendí algo clave: no es la inteligencia lo que sostiene una estrategia, es la estructura. No fueron las predicciones acertadas lo que marcó la diferencia, sino tener reglas definidas antes de que el mercado me pusiera a prueba.
Por eso insisto tanto en esto. Una estrategia escrita no elimina la incertidumbre, pero sí reduce el margen para el error emocional. Y en el largo plazo, esa diferencia pesa más de lo que parece.
En la próxima sección voy a mostrarte algo más fino: cuándo tiene sentido ajustar una estrategia, no por el precio de un activo, sino porque cambian las condiciones macro que definen el juego.
III – Cuándo ajustar una estrategia
Una estrategia no se cambia porque un activo sube.
Y tampoco porque baja.
Si cada movimiento de precio te obliga a replantear tu cartera, entonces no tenías una estrategia.
Tenías una opinión.
Y las opiniones cambian cada semana.
Hay tres motivos legítimos para modificar una estrategia de inversión.
El primero es personal
Cambian tus objetivos.
No es lo mismo invertir a los 40 que a los 65.
No es lo mismo acumular capital que vivir de rentas.
Cuando cambia tu vida, cambia tu estrategia.
Un emprendedor en plena etapa de crecimiento puede asumir mucha volatilidad.
Alguien que depende de su cartera para vivir necesita estabilidad.
La estrategia debe adaptarse a tu vida, no al revés.
El segundo es financiero
Cambia tu capacidad de soportar riesgo.
Si tu patrimonio crece, si tus ingresos cambian o si tu dependencia de la cartera se vuelve mayor, la estructura puede ajustarse.
Muchos inversores cometen el error de mantener el mismo nivel de riesgo durante toda su vida.
Pero una cartera de acumulación no es igual que una cartera de preservación.
El tercer motivo es estructural
Cambia el régimen.
No hablo de una noticia.
No hablo de un discurso.
No hablo de una elección.
Hablo de transformaciones profundas:
- déficits fiscales persistentes
- cambios en el sistema monetario global
- tensiones geopolíticas estructurales
- alteraciones en la arquitectura financiera internacional
Es en esos momentos donde una estrategia puede necesitar ajustes.
Pero siempre desde el marco.
Nunca desde el miedo.
Dos ejemplos personales
Te comparto dos momentos donde yo mismo ajusté mi estrategia.
El primero tiene que ver con Argentina.
Durante décadas evité invertir en el país.
Vi muy de cerca lo que habían sido las crisis argentinas.
En mi familia y en mi trabajo en el sistema financiero vi a muchas personas perder el ahorro de toda una vida.
Viví la salida de la convertibilidad en 2001 trabajando en un banco.
Y esa experiencia me dejó una conclusión muy clara: Argentina no era un lugar donde quisiera invertir mi patrimonio.
Durante años mantuve esa estrategia.
Incluso durante el gobierno de Mauricio Macri, cuando muchos inversores apostaron fuerte al país, yo preferí mantenerme al margen.
Pero esa visión cambió recientemente.
Aproximadamente un año y medio antes de la elección presidencial de 2023 empecé a ver algo distinto en el escenario político argentino.
Por primera vez en mucho tiempo aparecía una probabilidad real de un cambio profundo en el régimen económico.
Cuando ese escenario se volvió plausible, ajusté mi estrategia.
Fue la primera vez en décadas que empecé a invertir nuevamente en Argentina. Y para una pequeña parte de mi cartera de inversiones, ya que para mí, invertir en Argentina es alto riesgo.
Pero no fue un cambio emocional.
Fue un cambio de régimen esperado y muy pensado.
El segundo caso ocurrió durante la pandemia.
En 2020 los bancos centrales del mundo lanzaron el mayor experimento monetario de la historia moderna.
Solo la Reserva Federal expandió su balance en más de 4 billones de dólares en pocos meses.
Ese proceso confirmó algo que ya venía observando: el sistema monetario global se estaba volviendo cada vez más expansivo. El dólar iba a valer cada vez menos, y además, los activos financieros crecían sin pausa influenciados por este contexto monetaria expansiva. Si no estábamos en el medio de una burbuja, le pegaba en el palo…
Pero la burbuja recién empezaba y los precios estaban en mínimos, era el momento de cambiar la estrategia y aprovechar la ola.
Fue en ese contexto donde decidí aumentar significativamente mi exposición a bitcoin. A inicios de la pandemia los precios estaban muy bajos todavía, pero todo hacía pensar que la nueva estrategia monetaria de los Bancos Centrales iban a terminar influyendo en el precio. Y termino influyendo y el precio del Bitcoin tuvo un rally importante hacia arriba.
Por supuesto esto lo hice con un porcentaje menor de mi cartera, ya que estamos hablando de inversiones de mucho riesgo. Pero a la larga, termino siendo una muy buena decisión.
Estrategia vs predicción
Hay una diferencia importante entre ajustar una estrategia y tratar de adivinar el mercado.
El inversor que cambia de estrategia cada seis meses está reaccionando al precio.
El inversor que ajusta su estrategia cuando cambian las reglas del sistema está respondiendo al contexto.
Los grandes inversores entienden bien esta diferencia.
Ray Dalio suele decir que los mercados atraviesan cambios de régimen que pueden durar décadas.
El fin del patrón oro en los años 70.
La globalización de los años 90.
La era de emisión monetaria posterior a 2008.
Cada uno de esos momentos obligó a repensar estrategias de inversión.
Y esto nos devuelve al punto de partida de esta trilogía.
En las dos cartas anteriores analizamos el oro y el bitcoin por separado.
Ahora que ya tenemos un marco estratégico claro, la pregunta cambia:
¿qué rol debería cumplir cada uno dentro de una cartera bien diseñada?
IV – Oro y bitcoin dentro de una estrategia
Volvamos entonces a la pregunta inicial de esta trilogía.
En la primera carta analizamos el oro.
En la tercera analizamos el bitcoin.
Ahora que tenemos un marco estratégico más claro, la pregunta correcta ya no es:
¿es mejor el oro o el bitcoin?
La pregunta correcta es otra:
¿qué rol debería cumplir cada uno dentro de una cartera bien diseñada?
Porque los activos no se analizan en el vacío.
Se analizan dentro de una estructura.
Y cuando miramos el oro y el bitcoin desde ese marco, aparece algo interesante: no compiten entre sí.
Cumplen funciones distintas.
El rol del oro: cobertura sistémica
Empecemos por el oro.
El oro no es un activo de crecimiento.
No genera flujo.
No innova.
Durante décadas incluso puede tener rendimientos reales muy modestos.
Pero el oro cumple otra función.
Históricamente ha actuado como seguro frente al desorden monetario.
Y hoy el mundo muestra varias señales de ese desorden:
- niveles de deuda pública sin precedentes
- déficits fiscales estructurales en las principales economías
- bancos centrales acumulando reservas de oro
- mayor fragmentación geopolítica
- creciente politización del sistema financiero global
En ese contexto, el rol del oro dentro de una cartera puede volverse más relevante.
No porque “va a subir”.
Sino porque su función de cobertura sistémica se fortalece.
En términos del ejercicio que hicimos en la sección anterior, el oro encaja naturalmente dentro del bloque de cobertura y estabilidad.
Es un activo que no necesariamente buscás para ganar mucho dinero.
Buscás que esté ahí cuando el sistema financiero se vuelve inestable.
Eso no significa apostar todo al oro.
Significa reconocer su función dentro de la arquitectura de una cartera diversificada.
El rol del bitcoin: opcionalidad tecnológica
El caso del bitcoin es completamente distinto.
Bitcoin no es una cobertura tradicional del sistema financiero.
Es una apuesta a una innovación monetaria.
Su tesis central no depende de una elección presidencial ni del ciclo económico de un año.
Depende de tres factores más profundos:
• su escasez programada (21 millones de unidades)
• su arquitectura tecnológica descentralizada
• su adopción creciente como red monetaria global
Por eso, aunque su volatilidad es enorme —puede caer 50% en cuestión de meses— su función dentro de una cartera no es estabilidad.
Es asimetría.
Es exposición a una innovación que podría transformar parte del sistema financiero global.
Por eso, dentro del marco que propusimos antes, el bitcoin encaja mejor dentro del bloque de innovación u opcionalidad.
Activos donde la pérdida potencial está limitada por el tamaño de la posición, pero el upside puede ser muy grande.
No es un activo para que represente el núcleo de una cartera.
Pero puede tener sentido como una pequeña apuesta a una transformación estructural.
El factor que muchos subestiman: la volatilidad
Tanto el oro como el bitcoin tienen algo en común que muchos inversores subestiman: son volátiles.
El oro puede caer 20% o 30% en determinados ciclos.
Bitcoin puede caer 50% o incluso más.
Por eso ambos activos tienen sentido solo dentro de una estrategia clara, donde el tamaño de la posición esté alineado con tu tolerancia al riesgo y tu horizonte temporal.
No son activos para inversores que reaccionan a cada movimiento de precio.
Son activos que requieren convicción y paciencia.
Dos funciones distintas dentro de una cartera
Si lo simplificamos al máximo:
El oro cumple el rol de protección frente al desorden.
Bitcoin cumple el rol de exposición a una posible disrupción monetaria.
Uno protege.
El otro apuesta.
Uno estabiliza.
El otro introduce opcionalidad.
Y cuando se miran desde ese ángulo, la pregunta deja de ser:
¿oro o bitcoin?
Y pasa a ser:
¿cuánto de cada uno tiene sentido dentro de mi estrategia?
V – Mi propio marco de inversión
Si aplico el mismo ejercicio que propuse más arriba a mi propia cartera, la arquitectura es bastante clara.
Mi filosofía de inversión se resume en una idea simple: busco activos productivos capaces de generar retornos compuestos durante las próximas décadas.
Creo que el interés compuesto es una de las fuerzas más poderosas de las finanzas. Cuando una empresa o un activo logra reinvertir capital a buenas tasas durante muchos años, el efecto acumulativo puede ser enorme.
Por eso, una parte importante de mi cartera está invertida en empresas de calidad. Negocios rentables, con ventajas competitivas y capacidad de reinversión sostenida en el tiempo. No me interesan demasiado las modas del mercado ni las narrativas del momento. Me interesan empresas que puedan seguir generando valor dentro de diez o veinte años.
Pero al mismo tiempo, mi cartera no está diseñada solo para maximizar crecimiento.
También está diseñada para equilibrar riesgo y estabilidad.
Por eso hoy el bloque más importante de mi cartera es el de estabilidad y balance, principalmente a través de inversiones en real estate.
El real estate tiene características que lo hacen especialmente útil dentro de una cartera: genera ingresos relativamente predecibles, tiene menor volatilidad que los mercados financieros y permite equilibrar la exposición a activos más dinámicos.
Después aparece el bloque que llamamos núcleo productivo, con empresas que generan crecimiento y retornos compuestos en el largo plazo.
A eso le sumo una porción de liquidez estratégica. Mantener liquidez puede parecer poco atractivo en el corto plazo, pero cumple una función muy importante: permite aprovechar oportunidades cuando los mercados atraviesan momentos de estrés o cuando aparecen activos mal valuados.
Finalmente está el bloque más pequeño de mi cartera: la opcionalidad asimétrica.
Ahí entran inversiones como bitcoin, algunas criptomonedas o participaciones en startups.
Son posiciones más volátiles y con mayor incertidumbre, pero que tienen el potencial de generar retornos muy grandes si ciertas tesis tecnológicas o de adopción terminan materializándose.
La clave es que estas posiciones estén dimensionadas correctamente para que su volatilidad no comprometa el conjunto de la cartera.
En el contexto actual además considero razonable mantener una porción prudente de cobertura sistémica, donde el oro puede cumplir un rol interesante dentro de una estrategia más amplia.
No porque esté intentando anticipar un colapso.
Sino porque el régimen global es hoy más inestable que hace una década.
Eso es estrategia.
No se trata de cambiar de idea cada seis meses.
Se trata de ajustar el peso de los distintos bloques cuando el escenario estructural lo justifica, manteniendo siempre claro cuál es el objetivo de largo plazo.
VI – El verdadero error del inversor
En estas tres cartas hablamos de oro.
Hablamos de bitcoin.
Y finalmente hablamos de estrategia.
Pero en realidad nunca fue una discusión entre activos.
El oro protege del desorden.
El bitcoin apuesta al futuro.
Los activos productivos construyen riqueza.
La estrategia es lo que les da sentido.
Cuando no hay estrategia, cada activo parece la respuesta.
Hoy es el oro.
Mañana es bitcoin.
Después será la próxima moda del mercado.
Y así el inversor pasa años saltando de una narrativa a otra, sin construir nada duradero.
La estrategia cambia esa dinámica.
Porque obliga a hacer la pregunta correcta.
No qué activo comprar hoy, sino qué rol cumple cada activo dentro de tu cartera.
Cuando el marco está claro, el ruido del mercado pierde poder.
Las caídas dejan de ser una amenaza existencial.
Las subas dejan de ser una tentación impulsiva.
Y la cartera empieza a parecerse más a una arquitectura que a una colección de apuestas.
Al final del día, invertir bien no se trata de encontrar el activo perfecto.
Se trata de construir un sistema que pueda sobrevivir el tiempo suficiente como para beneficiarse del interés compuesto.
Porque en inversión no gana el más brillante.
Gana el que permanece.
Y permanecer no es cuestión de suerte.
Es cuestión de estructura.
Si esta carta te dejó pensando en tu propia estrategia, te propongo algo simple: escribila.
Una página alcanza.
Porque en inversión, como en muchas cosas importantes de la vida,
el que tiene un plan siempre lleva ventaja.
Si tenés comentarios o reflexiones sobre esta carta, podés escribirme a: cartasfede@inversorglobal.com
Podes compartirme todas tus dudas o experiencias sobre cómo armar una estrategia. Encantado de escuchar opiniones, desafíos o experiencias.
¡Buenas inversiones!
Fede Tessore