Carta # 25
Un hombre invirtió en las 4 peores fechas de los últimos 50 años. Lo que le pasó después contradice casi todo lo que creemos sobre el momento de entrar.
Buenos Aires, 13 de agosto de 2026
Por Fede Tessore
Esta semana me senté a contestar los emails que me llegan a cartas@fedetessore.com. Había 88 sin responder.
Me llevó dos días. Y a mitad de camino empecé a notar algo raro. La misma frase aparecía una y otra vez, escrita por personas que no se conocen entre sí, que viven en países distintos y que tienen edades y patrimonios que no tienen nada que ver.
La frase, con variantes menores, era esta: “tengo la plata parada, estoy esperando a que baje un poco para entrar”.
Y acá está el problema, porque una parte de la culpa es mía.
En la carta de la semana pasada te mostré que el accionista de Microsoft tardó 16 años y medio en recuperar su plata, y que la culpa no fue de la empresa sino del precio que aceptó pagar. La conclusión natural de esa carta es obvia: si el precio de entrada define tu década, entonces conviene esperar el precio.
Es una conclusión razonable. Pero creo que puede salir cara.
Para mostrarte por qué, te voy a contar la historia de un hombre que hizo exactamente lo contrario.
I — El peor timing de la historia
Se llama Bob. Es un personaje inventado por Ben Carlson, un gestor americano, pero los números que siguen no son inventados: salen del S&P 500 y del fondo índice de Vanguard, con dividendos reinvertidos.
Bob empezó a trabajar en 1970, a los 22 años. Era un ahorrista disciplinado, de esos que cumplen. Guardaba 2.000 dólares por año y subía esa cifra cada década.
Su problema era otro. Bob solo juntaba coraje para invertir después de una gran suba, cuando todo el mundo a su alrededor le decía que era imposible perder.
Estas fueron sus cuatro únicas compras en 42 años de carrera.
Fines de 1972, 6.000 dólares. El mercado cayó 48% en los dos años siguientes.
Agosto de 1987, 46.000 dólares. Semanas después llegó el lunes negro y una caída de 34%.
Diciembre de 1999, 68.000 dólares. Después vino una caída de 55%.
Octubre de 2007, 64.000 dólares. Después vino una caída de 57%.
Cuatro compras, cuatro derrumbes. Es difícil hacerlo peor a propósito.
En total puso 184.000 dólares, siempre en la peor fecha disponible.
Antes de seguir leyendo, jugá un segundo conmigo y estimá con cuánto terminó Bob el día que se jubiló, a fines de 2013.
Terminó con 1.100.000 dólares.

II — Lo que Bob hizo bien sin darse cuenta
Bob no tuvo suerte. Tuvo tiempo.
Y tuvo, sin proponérselo, una sola virtud que compensó todo lo demás: nunca vendió. No vendió en 1974, no vendió en 1987, no vendió en 2002, no vendió en 2009. Ni una sola acción.
Mirá lo que pasó con su primera compra, la peor de todas, la que hizo justo antes del derrumbe de 48%. Esos 6.000 dólares se convirtieron en unos 300.000.
Cuarenta y un años. Una entrada pésima. Y ese solo movimiento terminó siendo casi la cuarta parte de todo su patrimonio.
Ahora la parte incómoda de la historia, que es la que a mí me interesa.
El propio Carlson hizo la cuenta de qué habría pasado si Bob, en vez de esperar años enteros a sentirse seguro, hubiera invertido sus ahorros todos los años, de a poco, sin mirar el precio.
Habría terminado con más de 2.300.000 dólares.
Leelo despacio. La diferencia entre esos dos Bob no es la calidad de sus compras. El Bob de 2,3 millones también compró en 1972, también compró en 1999 y también compró en 2007. Compró en todas las cimas, igual que el otro. Solo que además compró en todo el resto.
El error de Bob nunca fue comprar caro. Fue el tiempo que su plata pasó en el banco esperando el momento.
Y eso costó 1.200.000 dólares.
III — Los años que perdés no son los que creés
Cuando uno decide esperar un año o dos antes de entrar, la cabeza hace este razonamiento: me pierdo un año o dos de rendimiento. Molesto, pero tolerable.
El problema es que la resta no funciona así.
Los años que perdés no te los sacan del principio. Te los sacan del final. Y los del final son enormes.
Mirá. Ponés 10.000 dólares y los dejás crecer al 9% anual durante 30 años. Terminás con 132.677 dólares.
Ahora esperás 2 años y después hacés exactamente lo mismo, con la misma plata y al mismo ritmo. Te quedan 28 años. Terminás con 111.671.
Esos 2 años de espera te costaron 21.006 dólares.
Más del doble de todo lo que habías invertido.
Y si esperás 5 años, el costo sube a 46.446 dólares. Casi 5 veces tu inversión original, evaporada antes de empezar.

No hay ninguna caída del mercado que te devuelva eso. Ni siquiera una del 30%, porque una caída del 30% te mejora el precio de entrada una vez, mientras que los años perdidos te sacan la parte más gorda de la curva, la última, la que hace todo el trabajo.
Eso es lo que estás pagando mientras esperás. Y no aparece en ningún gráfico ni en ningún resumen de cuenta, porque es plata que nunca existió.
IV — Te doy la bola de cristal
Acá te podés defender con el mejor argumento disponible: bueno Fede, pero yo no soy Bob. Yo voy a acertar.
Perfecto. Te la voy a hacer fácil. Te voy a dar algo que no existe.
El Schwab Center for Financial Research publica un estudio que se llama “Does Market Timing Work?”, actualizado en julio de 2025. Comparan cinco inversores imaginarios. Cada uno recibe 2.000 dólares al principio de cada año durante 20 años, de 2005 a 2024, y los pone en el S&P 500.
El primero, llamémoslo Pedro, tiene poderes sobrenaturales: cada año adivina el día exacto del piso anual y compra justo ahí. Veinte años seguidos. Veinte pisos perfectos.
La segunda, Ana, no adivina nada. Recibe la plata y la invierte el primer día hábil del año, sin mirar nada.
El tercero, Martín, divide sus 2.000 dólares en 12 partes iguales y compra una por mes.
La cuarta, Rosa, es la anti Pedro: cada año compra en el máximo exacto del año. Veinte techos perfectos.
Y el quinto, Luis, deja la plata en el banco esperando una mejor oportunidad, que nunca termina de llegar.
Antes de darte los resultados, pensá cuánto creés que separa al que tiene la bola de cristal del que no mira nada.
Pedro, el adivino, terminó con 186.077 dólares. Ana, que no hizo nada más que apretar el botón cada enero, terminó con 170.555.
Veinte años de adivinación perfecta valieron 15.522 dólares. Menos de 800 dólares por año.
Ese es el premio completo por acertar todos los pisos del mercado durante dos décadas.
Y ahora mirá a Martín, el que compraba todos los meses sin pensar. Terminó con 166.591. Le sacó menos de 4.000 dólares a Ana en 20 años, unos 200 por año.
Guardate ese número, porque desarma la discusión más inútil que existe entre inversores. Entrar de golpe o entrar de a poco es, en la práctica, un empate.
Ahora la parte que me parece la más reveladora de todo el estudio.
Rosa, la que compró siempre en el peor día posible del año, terminó con 151.343 dólares.
Luis, el que esperaba, terminó con 47.357.
El que compró siempre en el peor momento terminó con más del triple que el que esperaba el mejor.

Y no es un resultado de un período afortunado. Schwab miró los 80 períodos de 20 años desde 1926. En 70 de esos 80, el orden fue exactamente el mismo, con el que esperaba último. Y en los otros 10, el que invertía enseguida nunca terminó último.
Ahí está la cuenta que importa. Estás postergando una decisión para ganar, en el mejor de los casos, 800 dólares por año. Y el precio de equivocarte en esa postergación es quedarte con menos de la tercera parte.
V — Por qué el plan falla siempre en el mismo lugar
Todo esto sigue en pie mientras el plan sea esperar la caída y ahí sí entrar. Y hay una forma de saber si ese plan funciona, porque ya se probó, muchas veces, con billones de dólares reales.
Los fondos de money market son el lugar donde la gente estaciona la plata que todavía no invirtió. Son el termómetro exacto de cuánta plata está esperando.
En marzo de 2020, con la pandemia, el mercado americano se derrumbó 34% en 33 días. El piso fue el 23 de marzo. Ahí estaba, por fin, la caída que todos decían estar esperando.
Esos fondos tocaron su récord histórico de 5,2 billones de dólares en mayo de 2020. Dos meses después del piso.
O sea que la plata que esperaba la caída no salió a comprar cuando la caída llegó. Siguió entrando al refugio, y en cantidades récord, mientras el mercado ya estaba rebotando.
Al 5 de agosto de este año hay 7,91 billones de dólares parados ahí, otro máximo histórico. De esos, 3,10 billones son de inversores individuales como vos y como yo. También récord. Y ese número no paró de crecer desde principios de 2023, un período en el que el mercado americano casi duplicó.
Entonces la pregunta interesante no es si conviene esperar. Es por qué el plan de esperar falla siempre en el mismo punto.
Y creo que la respuesta es esta: no estás esperando un precio. Estás esperando una sensación.
Vos decís que esperás que baje 20%. Pero si mañana baja 20%, no vas a comprar. Yo tampoco lo hice todas las veces que pude. Y la razón es simple, aunque cuesta verla.
Los precios no bajan porque sí. Bajan porque las noticias son horribles. Esa es la causa, no una casualidad que acompaña. El día que las acciones estén 30% más baratas, los diarios van a estar hablando de recesión, de quiebras, de despidos, y la persona sensata que hay adentro tuyo va a decir, con toda lógica, que este no es momento de arriesgar.
Las dos cosas que querés no pueden pasar juntas nunca. Querés precios bajos y querés estar tranquilo. Y los precios bajos existen precisamente porque nadie está tranquilo.
Por eso el plan no falla en el análisis. Falla en la ejecución, siempre, y les falla incluso a los que tenían razón sobre la caída.
VI — Lo que Bob no eligió
Hasta acá la historia parece decir que basta con entrar y no vender. Y si la carta terminara así, te estaría mintiendo por omisión.
Porque hay una decisión de Bob que ni siquiera fue una decisión. Bob compró el índice. Compró, sin saberlo, un pedazo de las 500 empresas más grandes de Estados Unidos, un conjunto que se renueva solo y que va echando a las que se caen.
Ahora hagamos el experimento incómodo. ¿Qué habría pasado si Bob, en cada una de esas cuatro cimas, hubiera comprado las acciones de moda del momento en vez del índice?
En 1972 las estrellas eran las llamadas Nifty Fifty, las empresas que todo el mundo consideraba imposibles de perder. Ahí estaban Kodak y Polaroid. Las dos terminaron en quiebra.
En 1999 las estrellas eran las de internet. Muchas desaparecieron y otras tardaron más de dos décadas en volver a su precio.
En 2007 las estrellas eran los bancos. Citigroup nunca volvió a su máximo de 2007, que ajustado por splits estaba cerca de 463 dólares por acción. No cayó y se recuperó. Se quedó.
Ese Bob no se jubila millonario. Ese Bob no se jubila.
Y esto no es una excepción rara. Hendrik Bessembinder, profesor de la Universidad Estatal de Arizona, revisó todas las acciones que cotizaron en Estados Unidos desde 1926, más de 25.000 empresas. Sus dos resultados son duros.
El 58% de las acciones rindió menos que una letra del Tesoro a un mes durante toda su vida como empresa cotizante.
Y el mejor 4%, unas 1.092 empresas, explica la totalidad de la riqueza neta creada por el mercado americano en un siglo. Todo el resto, las otras 24.000, en conjunto empató con las letras del Tesoro.
Leelo de nuevo, porque es demoledor. La mayoría de las acciones no te hace rico. Ni siquiera te compensa el riesgo. La riqueza del mercado la crea un puñado de empresas excepcionales, y el índice funciona precisamente porque las contiene por construcción.
VII — Las dos decisiones
Y acá está lo que quiero que te lleves de esta carta.
Cuando invertís tomás dos decisiones distintas, y la mayoría de la gente las confunde.
La primera es cuándo. Y ya viste cuánto vale: acertar todos los pisos del mercado durante 20 años seguidos paga menos de 800 dólares por año. Es la decisión más difícil del mundo y la que menos rinde.
La segunda es qué. Y ahí la diferencia no es de 800 dólares por año. Es la diferencia entre estar en el 4% que crea toda la riqueza o en el 96% que empata con un plazo fijo. Es la diferencia entre Kodak y las empresas que sobrevivieron a Kodak.
Casi todos nosotros gastamos el 90% de nuestra energía en la decisión que menos paga.
Miramos el gráfico todos los días esperando el momento, y después compramos lo que estaba de moda ese mes sin haber mirado nunca cuánto gana esa empresa por cada dólar que reinvierte.
Entonces la conclusión no es ponerse pasivo y no hacer nada. Es exactamente al revés. Es dejar de gastar energía en adivinar el día y ponerla en la única pregunta que sí paga: qué negocios querés tener adentro cuando pasen los 20 años.
Lo concreto, si querés dar el paso esta semana: agarrá el monto que tenés parado, dividilo en tramos, poné las fechas en el calendario ahora, y escribilo. Hoy, que estás tranquilo. Porque el día que llegue el susto, y va a llegar, la decisión ya va a estar tomada por una versión más lúcida de vos.
Y usá el tiempo que te ahorrás de mirar el gráfico para el otro trabajo, que es el que decide el tamaño del resultado: buscar empresas con ventajas competitivas reales, que reinviertan bien lo que ganan y que puedan seguir haciéndolo durante décadas.
Ese trabajo de selección, empresa por empresa, con la evidencia arriba de la mesa, es lo que hago todos los domingos con los miembros de Capital Antifrágil.
Porque la historia de Bob tiene dos lecciones y casi siempre se cuenta una sola. Entrar temprano y no vender es lo que te permite llegar. Pero lo que definió cuánto llegó a tener fue algo que él ni siquiera eligió.
Vos sí lo podés elegir.
¿Cuánto hace que estás esperando el momento para entrar? Y sobre todo, ¿qué tiene que pasar exactamente para que digas que ya llegó? Escribime a cartas@fedetessore.com.
Escribime y contame, te leo. Un abrazo y buenas inversiones,
Fede Tessore
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